Parece que por aquí abajo no pasa nada, que nada se mueve, que el señor tiene bien atados a sus siervos, pero su victoria no es total. El miedo que crea y en el que basa toda la justificación de su acción se vuelve contra él. Nos hemos acostumbrado a disimular, a disfrazarnos con traje y corbata, a aparentar las maneras que están mandadas, a ojear de cuando en cuando la prensa y los más osados hasta a ver alguna vez la televisión para no parecer demasiado anormales cuando comiencen los interrogatorios, a veces hacemos incursiones por los centros comerciales, por las autopistas, por los estadios y las playas, y tomamos nota, observamos, estamos atentos a los menores signos de debilidad, de duda, de disidencia. Y nos paseamos ante las cámaras de vigilancia y entre los mercenarios públicos y privados, sorteando como podemos a los iluminados y creyentes de toda fe. No nos exhibimos, pero tampoco nos ocultamos, no vociferamos pero tampoco nos callamos. Ni siquiera nosotros sabemos cuantos ni quienes somos, ni donde estamos y esa debilidad aparente se convierte en una fortaleza, llegamos a estar dentro de ellos, y nos aparecemos en sus pesadillas y en sus debilidades, y por mucho que se autoadoctrinen y ocupen el tiempo con las idioteces más absurdas no deja de asaltarles la sensación de vacío e inutilidad de sus existencias, que no vidas.
Sólo de pensar que uno se puede aburrir (“sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones” según la cruda definición de la RAE en la red) muchos ya temblamos, qué pérdida de vida, de tiempo...
Pero tal vez estemos equivocados, ser estimulados o distraídos con la tv por ej., lo que no sería aburrirse según la definición, es pese a todo tedioso y, fruto de ese aburrimiento las tv profundizan cada vez más en el morbo, la mentira, la superficialidad y la estupidez como medio de mantener una audiencia de cretinos. Ya que nunca estaremos satisfechos con falsas salidas.
¿Perder el tiempo? Lewis Mumford en su impresionante “Técnica y civilización”, (escrito en los años 30 del siglo XX pero se diría, salvando claro está la evolución técnica y científica desde entonces, que es un libro increíblemente actual) relaciona esta expresión con el protestantismo, la mecanización mal aplicada, el reloj y el capitalismo.
Perder el tiempo es el reverso de “tiempo es dinero” decimos, realmente el pueblo, lo que de él quede en nosotros, no puede perder el tiempo aunque sí empobrecerse.
Escribía Mumford que la regularidad mecánica produce apatía y atrofia y que una población entrenada para atenerse a una rutina mecánica del tiempo con cualquier sacrificio de la salud, conveniencia y felicidad orgánica puede llegar a buscar vigorosas compensaciones, refiriéndose aquí a la práctica sexual compulsiva tras el trabajo, ausente de caricias y refinamiento, algo habitual en su-nuestra época. Siendo el porno su clara expresión añadimos.
Gran defensor del progreso y del uso comedido y apropiado de la máquina, al servicio de la vida y no al revés, su libro está lleno de geniales intuiciones escritas hace 75 años y que nos revelan que en cierto modo nada ha cambiado, aunque todo parece distinto.
Pero volviendo al aburrimiento generalizado y masivo en el Occidente enriquecido, que ya hemos esbozado se debe en gran parte al ritmo mecánico del trabajo y del consumo, puesto al servicio del mantenimiento del carrusel producción-consumo del capitalismo, evidentemente sólo podremos ahuyentarlo en tanto modifiquemos esta sociedad.
Entonces cuando se elimine el trabajo gracias a la automatización, nos referimos aquí al trabajo como tarea monótona y desagradable y no como actividad humana que nos pone en relación con el mundo, conseguiremos que el ocio creativo se extienda para todos.
Pero, no esperaremos que dicho cambio acaecerá por magia o agotamiento del régimen actual, huir del aburrimiento es una traición que nos hacemos a nosotros mismos, ya que al igual que el dolor nos advierte de que algo va mal y sin dolor nos habríamos muerto mil veces ya, el aburrimiento como un dolor del espíritu nos avisa de que algo no funciona en nuestras vidas. Y al ser común, en nuestra sociedad.
No lo rechacemos, realmente es una quiebra que nos devuelve la conciencia en medio del flujo mecánico sin fin de actividades de consumo y trabajo cotidianas. No estamos insinuando que nos aburramos con gusto sino que aceptar que ya estamos aburridos es un paso para desear cambiar esta sociedad por otra más humana.
El aburrimiento es un punto más donde potencialmente apoyar una reflexión o recoger las que ya se han hecho y bien antes de nosotros por personas como Mumford. Un motivo más para mantener la utopía del cambio social y alguna vez conseguirlo mediante la toma de conciencia y la organización.
«Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi».
Este “dictum” se lee tal cual, por primera vez, en la novela “El Gatopardo” de Lampedusa. Se oye también en la película de Visconti del mismo título, versión de la novela. Quiere decir: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
De esta cita corre en castellano una versión adulterada: «Es necesario que algo cambie, si queremos que todo siga como está». La alteración, bastante significativa, por cierto, ha consistido en cambiar el segundo "todo" sustituyéndolo por "algo" y en haber invertido el orden de las dos oraciones pasando la condicional al segundo lugar.
La alteración de la cita no sólo es, como ahora se dice, políticamente correcta o, mejor dicho, corregida, sino que responde además a lo que ordinariamente nos toca presenciar día a día, la sustitución del gato por la liebre, del algo por el todo.
La adulteración del “dictum” lampedusiano destruye la fuerza de la paradoja, y nos muestra no una contradicción de la realidad, sino una banalidad que no produce ningún sobresalto ni hace que se tambaleen nuestras sagradas creencias.
Si echamos manos del contexto histórico y social para entender el momento en que surge la frase, estamos en la Italia de 1860. Se avecinaba la sustitución de (toda) una clase social por otra. Aceptar el envite integrándose en la clase emergente, para seguir disfrutando de privilegios análogos a los que se tenían, era exactamente cambiarlo todo para conservarlo todo, cambiarlo todo para que todo siguiera igual.
Sin embargo, lo bueno de la paradoja es que, surgida en un determinado contexto histórico, es válida para cualquier otra coyuntura; podemos aplicarla, por ejemplo, ante el nombramiento del nuevo papa, o el último cambio de gobierno producido en España tras las últimas elecciones.
El pasado 2 de marzo se cumplieron, sin pena ni gloria, 25 años de la ejecución, a garrote vil, firmada de puño y letra por Francisco Franco, del anarquista Salvador Puig Antich (en adelante SPA). La amnesia histórica ha continuado también en esta ocasión, como en años anteriores, entre los medios de in-formación de masas, ignorando salvo rarísimas excepciones aquellos hechos.
No olvidemos, además, que aquel mismo 2 de marzo, hace ahora algo más de un cuarto de siglo, también ejecutaron a un polaco, Heinz Chez, en Tarragona. Se ha dicho que Heinz Chez era una víctima inocente de la dictadura. Sí, un extranjero, un sin papeles… Pero SPA también era un víctima inocente. No hay, en rigor, víctimas culpables. Sólo hay víctimas. De la dictadura y de la democracia.
Leemos en la Red que ahora se está rodando una película sobre SPA, que llevará por título “Salvador”. Habrá que verla cuando se estrene. El título parece bien expresivo. Su nombre de pila, Salvador, evoca a un Cristo. Al parecer se pretende recuperar la memoria histórica del “luchador antifranquista”. Esperemos que esta necesaria recuperación de la memoria no se convierta en una asimilación y neutralización de la figura de SPA.
Podemos, en efecto, definir a SPA como luchador antifranquista. No hay nada de malo en ello. Es una definición prácticamente negativa en el sentido de que estamos delimitando aquello -la dictadura- contra lo que SPA luchaba, no aquello por lo que luchaba. ¿Por qué somos tan escrupulosos? Porque definir es como matar. Por eso sólo conviene definir al enemigo. Hay un paso que no conviene dar: no creamos, por favor, que SPA luchaba por la democracia. No; luchaba contra la dictadura. Y la dictadura, como la forma de democracia actual que padecemos, no era más que otra metamorfosis de lo mismo.
Ese es el peligro que se corre. El Régimen puede hacer de Salvador un santo, un precursor de la democracia y de la constitución, si se quiere, alguien que dio su vida por esto que tenemos ahora… Y eso es una burda manipulación histórica. Eso no es recuperar la conciencia histórica, eso es tergiversarla, deformarla. Eso es asimilar la figura rebelde y contestataria de SPA, desactivar el potencial subversivo y perturbador que, si estuviera viva, todavía tendría.
No olvidemos que el mismo Estado que entonces ejecutó a SPA continúa ahora, reciclado, bajo la Democracia que padecemos, ejecutándonos a todos nosotros, muertos en vida. No nos referimos sólo a muchos políticos que, “demócratas de toda la vida”, siguen ejerciendo, ay, hoy es siempre todavía, cargos públicos (alcaldes, presidentes autonómicos, senadores, diputados, etc.) sino a las mismas estructuras sociales y económicas. Las políticas sólo han cambiado para permanecer igual.
SPA, si viviera ahora, seguiría siendo un luchador antifranquista. Sólo que el franquismo actual se llama democracia. El franquismo actual, la democracia, no lo condenaría a muerte: ya lo ha matado sumiendo su memoria en el olvido o recuperándola para asimilar su figura, como hicieron con Sacco y Vanzetti, convirtiéndolos en luchadores por la jornada laboral de ocho horas diarias.
4 Comentarios:
Parece que por aquí abajo no pasa nada, que nada se mueve, que el señor tiene bien atados a sus siervos, pero su victoria no es total. El miedo que crea y en el que basa toda la justificación de su acción se vuelve contra él. Nos hemos acostumbrado a disimular, a disfrazarnos con traje y corbata, a aparentar las maneras que están mandadas, a ojear de cuando en cuando la prensa y los más osados hasta a ver alguna vez la televisión para no parecer demasiado anormales cuando comiencen los interrogatorios, a veces hacemos incursiones por los centros comerciales, por las autopistas, por los estadios y las playas, y tomamos nota, observamos, estamos atentos a los menores signos de debilidad, de duda, de disidencia. Y nos paseamos ante las cámaras de vigilancia y entre los mercenarios públicos y privados, sorteando como podemos a los iluminados y creyentes de toda fe. No nos exhibimos, pero tampoco nos ocultamos, no vociferamos pero tampoco nos callamos. Ni siquiera nosotros sabemos cuantos ni quienes somos, ni donde estamos y esa debilidad aparente se convierte en una fortaleza, llegamos a estar dentro de ellos, y nos aparecemos en sus pesadillas y en sus debilidades, y por mucho que se autoadoctrinen y ocupen el tiempo con las idioteces más absurdas no deja de asaltarles la sensación de vacío e inutilidad de sus existencias, que no vidas.
*Me aburro...¡Qué bien!
Sólo de pensar que uno se puede aburrir (“sufrir un estado de ánimo producido por falta de estímulos, diversiones o distracciones” según la cruda definición de la RAE en la red) muchos ya temblamos, qué pérdida de vida, de tiempo...
Pero tal vez estemos equivocados, ser estimulados o distraídos con la tv por ej., lo que no sería aburrirse según la definición, es pese a todo tedioso y, fruto de ese aburrimiento las tv profundizan cada vez más en el morbo, la mentira, la superficialidad y la estupidez como medio de mantener una audiencia de cretinos. Ya que nunca estaremos satisfechos con falsas salidas.
¿Perder el tiempo? Lewis Mumford en su impresionante “Técnica y civilización”, (escrito en los años 30 del siglo XX pero se diría, salvando claro está la evolución técnica y científica desde entonces, que es un libro increíblemente actual) relaciona esta expresión con el protestantismo, la mecanización mal aplicada, el reloj y el capitalismo.
Perder el tiempo es el reverso de “tiempo es dinero” decimos, realmente el pueblo, lo que de él quede en nosotros, no puede perder el tiempo aunque sí empobrecerse.
Escribía Mumford que la regularidad mecánica produce apatía y atrofia y que una población entrenada para atenerse a una rutina mecánica del tiempo con cualquier sacrificio de la salud, conveniencia y felicidad orgánica puede llegar a buscar vigorosas compensaciones, refiriéndose aquí a la práctica sexual compulsiva tras el trabajo, ausente de caricias y refinamiento, algo habitual en su-nuestra época. Siendo el porno su clara expresión añadimos.
Gran defensor del progreso y del uso comedido y apropiado de la máquina, al servicio de la vida y no al revés, su libro está lleno de geniales intuiciones escritas hace 75 años y que nos revelan que en cierto modo nada ha cambiado, aunque todo parece distinto.
Pero volviendo al aburrimiento generalizado y masivo en el Occidente enriquecido, que ya hemos esbozado se debe en gran parte al ritmo mecánico del trabajo y del consumo, puesto al servicio del mantenimiento del carrusel producción-consumo del capitalismo, evidentemente sólo podremos ahuyentarlo en tanto modifiquemos esta sociedad.
Entonces cuando se elimine el trabajo gracias a la automatización, nos referimos aquí al trabajo como tarea monótona y desagradable y no como actividad humana que nos pone en relación con el mundo, conseguiremos que el ocio creativo se extienda para todos.
Pero, no esperaremos que dicho cambio acaecerá por magia o agotamiento del régimen actual, huir del aburrimiento es una traición que nos hacemos a nosotros mismos, ya que al igual que el dolor nos advierte de que algo va mal y sin dolor nos habríamos muerto mil veces ya, el aburrimiento como un dolor del espíritu nos avisa de que algo no funciona en nuestras vidas. Y al ser común, en nuestra sociedad.
No lo rechacemos, realmente es una quiebra que nos devuelve la conciencia en medio del flujo mecánico sin fin de actividades de consumo y trabajo cotidianas. No estamos insinuando que nos aburramos con gusto sino que aceptar que ya estamos aburridos es un paso para desear cambiar esta sociedad por otra más humana.
El aburrimiento es un punto más donde potencialmente apoyar una reflexión o recoger las que ya se han hecho y bien antes de nosotros por personas como Mumford. Un motivo más para mantener la utopía del cambio social y alguna vez conseguirlo mediante la toma de conciencia y la organización.
«Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi».
Este “dictum” se lee tal cual, por primera vez, en la novela “El Gatopardo” de Lampedusa. Se oye también en la película de Visconti del mismo título, versión de la novela. Quiere decir: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.
De esta cita corre en castellano una versión adulterada: «Es necesario que algo cambie, si queremos que todo siga como está». La alteración, bastante significativa, por cierto, ha consistido en cambiar el segundo "todo" sustituyéndolo por "algo" y en haber invertido el orden de las dos oraciones pasando la condicional al segundo lugar.
La alteración de la cita no sólo es, como ahora se dice, políticamente correcta o, mejor dicho, corregida, sino que responde además a lo que ordinariamente nos toca presenciar día a día, la sustitución del gato por la liebre, del algo por el todo.
La adulteración del “dictum” lampedusiano destruye la fuerza de la paradoja, y nos muestra no una contradicción de la realidad, sino una banalidad que no produce ningún sobresalto ni hace que se tambaleen nuestras sagradas creencias.
Si echamos manos del contexto histórico y social para entender el momento en que surge la frase, estamos en la Italia de 1860. Se avecinaba la sustitución de (toda) una clase social por otra. Aceptar el envite integrándose en la clase emergente, para seguir disfrutando de privilegios análogos a los que se tenían, era exactamente cambiarlo todo para conservarlo todo, cambiarlo todo para que todo siguiera igual.
Sin embargo, lo bueno de la paradoja es que, surgida en un determinado contexto histórico, es válida para cualquier otra coyuntura; podemos aplicarla, por ejemplo, ante el nombramiento del nuevo papa, o el último cambio de gobierno producido en España tras las últimas elecciones.
Salvador Puig Antich
El pasado 2 de marzo se cumplieron, sin pena ni gloria, 25 años de la ejecución, a garrote vil, firmada de puño y letra por Francisco Franco, del anarquista Salvador Puig Antich (en adelante SPA). La amnesia histórica ha continuado también en esta ocasión, como en años anteriores, entre los medios de in-formación de masas, ignorando salvo rarísimas excepciones aquellos hechos.
No olvidemos, además, que aquel mismo 2 de marzo, hace ahora algo más de un cuarto de siglo, también ejecutaron a un polaco, Heinz Chez, en Tarragona. Se ha dicho que Heinz Chez era una víctima inocente de la dictadura. Sí, un extranjero, un sin papeles… Pero SPA también era un víctima inocente. No hay, en rigor, víctimas culpables. Sólo hay víctimas. De la dictadura y de la democracia.
Leemos en la Red que ahora se está rodando una película sobre SPA, que llevará por título “Salvador”. Habrá que verla cuando se estrene. El título parece bien expresivo. Su nombre de pila, Salvador, evoca a un Cristo. Al parecer se pretende recuperar la memoria histórica del “luchador antifranquista”. Esperemos que esta necesaria recuperación de la memoria no se convierta en una asimilación y neutralización de la figura de SPA.
Podemos, en efecto, definir a SPA como luchador antifranquista. No hay nada de malo en ello. Es una definición prácticamente negativa en el sentido de que estamos delimitando aquello -la dictadura- contra lo que SPA luchaba, no aquello por lo que luchaba. ¿Por qué somos tan escrupulosos? Porque definir es como matar. Por eso sólo conviene definir al enemigo. Hay un paso que no conviene dar: no creamos, por favor, que SPA luchaba por la democracia. No; luchaba contra la dictadura. Y la dictadura, como la forma de democracia actual que padecemos, no era más que otra metamorfosis de lo mismo.
Ese es el peligro que se corre. El Régimen puede hacer de Salvador un santo, un precursor de la democracia y de la constitución, si se quiere, alguien que dio su vida por esto que tenemos ahora… Y eso es una burda manipulación histórica. Eso no es recuperar la conciencia histórica, eso es tergiversarla, deformarla. Eso es asimilar la figura rebelde y contestataria de SPA, desactivar el potencial subversivo y perturbador que, si estuviera viva, todavía tendría.
No olvidemos que el mismo Estado que entonces ejecutó a SPA continúa ahora, reciclado, bajo la Democracia que padecemos, ejecutándonos a todos nosotros, muertos en vida. No nos referimos sólo a muchos políticos que, “demócratas de toda la vida”, siguen ejerciendo, ay, hoy es siempre todavía, cargos públicos (alcaldes, presidentes autonómicos, senadores, diputados, etc.) sino a las mismas estructuras sociales y económicas. Las políticas sólo han cambiado para permanecer igual.
SPA, si viviera ahora, seguiría siendo un luchador antifranquista. Sólo que el franquismo actual se llama democracia. El franquismo actual, la democracia, no lo condenaría a muerte: ya lo ha matado sumiendo su memoria en el olvido o recuperándola para asimilar su figura, como hicieron con Sacco y Vanzetti, convirtiéndolos en luchadores por la jornada laboral de ocho horas diarias.
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